HABLAR NO SERÁ
Joe que silenciosamente aprendía los pasos
de la familia Del Monte, escuchaba las historias de Diana que decía en el
desespero de desahogarse:
-Sabes que conozco muy bien a la familia
Del Monte.
Joe la miraba por el retrovisor, porque
nunca aceptó que nadie se le sentara al lado, a menos que fuera Rafael.
-Ellos siempre, pero siempre es una
mentira. Lo sé todo… y si yo quisiera en este momentos los hundiría si así lo quisiera
y todos van a cárcel en este mismo instante.
Joe con deseos de preguntar pero no quería
detener cualquier cosa que pudiera decir algo.
-Ese dinero y esa familia es falso… y te
juro de porque me llamo Diana los veré arruinados como perros, pero eso es lo
que son, unos tapetes para limpiar mis zapatos.
De repente Diana se cayó. Se secó las
lágrimas y comenzó a mirar cómo la gente pasaba por las aceras fuera del vidrio
que observaba y en ese instante deseó ser uno de ellos.
No pasó mucho para que se quedara dormida.
Hasta sentir que Joe la tocó para despertarla y decirle que había llegado.
Al frente del bar iba saliendo Gabriel y
Stephanie quienes se sorprendieron que de aquel carro se encontraba Diana sin
conocimiento, por lo que Rafael la sostuvo entre brazos y la llevó a dentro.
Por su parte Joe tímidamente miró a
aquella chica que parecía una estrella por lo que se sonrojó para luego
decirle:
-Es un gusto señorita.
-Stephanie, ese es mi nombre…-dijo ella al
presentarse.
Joe la miró de arriba abajo para luego extender
su mano y decirle después de un apretón entre mano.
-Y trabajas aquí
-Sí claro, soy mesonera
-No te había visto.
-Ahora sí
TE QUEDARÁS CONMIGO POR SIEMPRE
Esa noche Ignacio, miraba la luna, era una
luna grande y esplendorosa, alumbraba más que nunca, la miraba como esperando
respuesta de un no sé qué y deseaba que le hablara. En ella veía el rostro de
Lupe, sus ojos, su rostro y hasta el podía oler su perfume y era feliz. Sentía
deseos de tenerla a su lado y quería abrazarla, besarla, quería ir a su cuarto
y decirle que la adoraba.
Simplemente se quedó mirando la luna, las
estrellas, el frío de la noche, luego, toma un sorbo de su copa, y se rodó un
poco las mangas de la camisa hacia arriba y se la soltó de su pantalón.
Luego, sintió unas frías manos que le tapó
sus ojos.
-¡Adivina quién soy!
Deseó que fuera Lupe, desde siempre supo
que era ella, sus delicadas manos, su voz suave y apacible, por lo que Ignacio
sonrió para luego voltearse, tomándola de la cintura para luego decirle:
-Mi amor, eres tú mi vida, te amo.
Sus labios se juntaron sin estridencias para
besarse profundamente.
-También te amo, te amo muchísimo Ignacio,
eres el amor de mi vida, y prefiero morir que estar sin ti.
Ignacio enredó sus manos con la cabellera
de Lupe y con la otra la fue llevando a sus pechos. Por lo que ella lo detuvo
para luego decirle:
-No, no por favor.
-No tienes nada que temer, te haré feliz,
siempre te respetaré, y si me dices que no, no pasará nada.
Ella lo miró a los ojos y le colmó de
besos en las mejillas y en el cuello mientras pasaba sus manos por sus pechos.
-Tengo miedo.
-Conmigo no tienes nada que temer, siempre
me tendrás a tu lado.
El la cargó hasta su habitación. Lupe
jamás había entrado a su alcoba. Era una habitación llena de luces y espejos.
Tenía un cuadro de oleo de Regia montada en un caballo y él a su lado y en el
fondo estaba colmado de un jardín de rosas rojas.
-Este cuarto es raro –comentó Lupe
-En este momento solo me importas tú Lupe.
Lo demás no me importa.
Lupe miró sus ojitos aguados y vio una
lágrima correr por sus mejillas.
-¿Qué te pasa Ignacio?
-No me pasa nada, solo que soy feliz Lupe,
tú me haces muy feliz y no quiero vivir sin ti.
-Yo también soy feliz a tu lado mi amor.
-No quiero que este momento termine jamás.
Ignacio cruzó sus dedos con las de ella, y
volvió a mirarla a los ojos, se le fue acercando y mordió sus labios, para
luego subirle el vestido mientras ella temblorosamente poco a poco le fue
desabotonando la camisa, después la correa y el pantalón.
Lupe moría de nervios, su corazón
palpitaba fuerte, igualmente que el de Ignacio. Para él le era más fácil, pues
la lo había vivido pero para ella era la primera vez de estar con un hombre. Ni
siquiera con Mario que solo una vez se atrevió tocarle los senos mientras la
besaba, pero ella lo detuvo y no quiso llevarlo a otro nivel.
Ignacio la besaba con frenesí, hasta
quitarle el brazier, y al verla en esa silueta toda temblorosa la tomó entre
sus brazos y la llevó a la cama.
-Tengo miedo –susurró ella
-Aquí me tienes, jamás me iré de tu lado,
eres mía.
De pronto los dos en la cama se amaban con
ternura, él la acariciaba como nunca lo había hecho y ella había dejado de
temer, sentía la pasión y el ardor de un corazón que amaba con sinceridad.
-Eres lo mejor que me ha pasado –decía él
-Te amo.
Lupita lloraba y él le secaba las
lágrimas.
-No llores mi amor.
-No sé si lo estoy haciendo bien.
-Eres una diosa, mi diosa.
Eran los únicos en el mundo, Lupe e
Ignacio, Ignacio y Lupe, un te amo, un te quiero, un deseo, el placer, el amor.
Porque hacer el amor era el símbolo y el sello de un amor eterno, una confesión
y el descubrirse uno al otro. La alegría, la tristeza, la esperanza, el dolor,
de una mujer y un hombre, porque la mujer y el hombre nacieron para amarse para
toda la vida, porque fueron creados para estar juntos para toda la vida, él,
ella. Y que después de amarse, se quedan abrazos en la cama después de orgasmos
y sentir ese frenesí que explota con amor y cariño. Se acerca el amanecer los
dos juntos, abrazados, ya no hay nada que decir, solo sentir y pegar sus
cuerpos y arribando al calor de la piel, escuchar la respiración, los gemidos
que de vez en cuando se decían te amo.
Ignacio recordó la luna, las estrellas, el
rostro de Lupe, de la confesión de un te amo para toda la vida, de un te quiero
para toda la vida y sellaría ese amor, en no perder nunca más a una mujer, porque
sabía que Lupe todavía seguía siendo novia de Mario, los había visto juntos, no
quería perderla porque esa noche se juraron amor eterno y como los juramentos
siempre se rompen como el juramento que le hizo la Guaricha y nunca fue fiel, y
esta vez no pasaría lo mismo, la quería a morir, para toda la vida.
Esa luna llena, y su rostro en ella se quedaría
allí por siempre con él por lo que tomó una almohada. Lupe dormía, Sin ropa
siquiera, en el calor de sus brazos, estaba confiada, confiaba en él y le puso
la almohada en su rostro. Al principio lo dudo, ella no sintió nada, pero
lentamente fue presionando hasta que ella comenzó a quitarse la almohada y el
fue presionando aún más. Lupe trataba de gritar pero no podía por lo que
trataba de soltarse, sus pies se movían de un lado a otro y él se le monto
encima y decía:
-Eres mía Lupe para siempre, para toda la
vida, nadie se va a quedar contigo, te amo, te amo, te amo… eres mi luna, mi
estrella, mi cielo, mi cielo, te amo, te
amo, te amo, te quiero a morir.
Lupe no dejaba de moverse, por lo que sacó
un cuchillo que tenía muy cerca y se lo presionó en el pecho una y otra vez. Su
cama se llenó de sangre, pero él no dejaba de apuñalarla mientras decía:
-Viviremos por siempre mi amor, eres mía y
de nadie más, nos casaremos, tendremos hijos, y siempre estará a mi lado mi
amor, te amo, te amo, te amo… que bonito mi amor, eres mía, soy feliz, muy
feliz a tu lado, te quiero a morir para toda la vida.
El corazón de Ignacio estaba muy acelerado y el cansancio le llegó de pronto, por lo que se calmó y se fue desvaneciendo encima del cuerpo sin vida de Lupe. Para luego recostarse a su lado y quedarse dormido, mientras murmuraba te amo, te amo, te amo Lupe, te quiero a morir.
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