Don Quijote de la
Mancha, después de saciar bien el hambre antigua, tomó una avellanas y se puso
a mirarlas:
−
“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos
a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados. En ellos las palabras mío y
tuyo eran ignoradas. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes. Para
alimentarse bastaban las frutas y las nueces que producían los árboles. Las fuentes
cristalinas apagaban la sed; las abejas laboriosas les daban la sabrosa miel.
Humildes cabañas les servían de morada. Todo era paz, concordia, amistad. Los
hombres no se engañaban unos a otros, porque no había nacido todavía la
mentira. La justicia no sabía qué era favor o interés. Sólo más tarde llegaron
estos monstruos a envenenar el corazón de los hombres. Desapareció la natural
equidad. Desapareció la virtud, y hoy, acosada por todos, la virtud no halla
corazón que la abrigue. Sólo reina el vicio, amigos míos. Sólo la maldad…”
Fragmento “En las
chozas de los cabreros” de “El Quijote
de los Niños” de Monteiro Lobato
Escribe Hogareña
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